
El niño que come clavos se aleja entre las rocas para tocar el mar y atrae sin querer a los delfines. La isla le sonríe. Las dos niñas sirena hacen un despliegue enorme de amabilidad, de sonrisas cegadoras y anécdotas encantadoras de escuchar, intentan que odie la isla pero no puedo, entre otras cosas, porqué hay gente como ellas dos. La isla les sonríe aunque les pese. Los ojos verdes del niño alga, me siguen dondequiera que vaya para comprobar que estoy a salvo. La isla le manda recuerdos. La noche no puede arrastrarme porque el faro y la osa mayor me guían en todo momento y el día, aunque cegador, me depara sorpresas debajo de cada piedra. Mi isla no escatima felicidad.
